DW: Sra. Taraciuk, después de la detención de religiosos en Nicaragua, el viernes pasado, y a pesar del pronunciamiento conjunto en la OEA el 12 de agosto, ¿le extraña que pocos países de la región hayan salido a condenar el hecho?
Tamara Taraciuk: No extraña, pero sí preocupa. La falta de atención sobre lo que está pasando en Nicaragua creo que responde a dos factores. Por un lado, los gobiernos de la región están muy preocupados por su coyuntura local, política, y un contexto global complejo, marcado por la guerra en Ucrania y el impacto económico de la pandemia. Por otro lado, creo que hay un cansancio sobre la crisis nicaragüense que puede tener que ver con la incapacidad de la comunidad internacional de conseguir concesiones del régimen. Y a veces, desgraciadamente, esta frustración se traduce en que Nicaragua termina estando menos en el radar.
En el encuentro de la OEA, 27 países condenaron «el hostigamiento» a la Iglesia católica, la persecución de la prensa y de las oenegés, y se exigió al Gobierno de Daniel Ortega que libere a los presos políticos. ¿No sirvió de nada ese pedido?
La atención internacional sobre Nicaragua sirve para mostrar que hay un consenso amplio a nivel regional sobre lo que está ocurriendo. Estamos hablando de 27 de 34 países que respaldaron esta resolución, y también es un respaldo a quienes incansablemente luchan por la liberación de los presos políticos en Nicaragua, quienes están peleando por una transición a la democracia. Esto no quiere decir que automáticamente haya resultados concretos, lo cual genera críticas muy legítimas de que los esfuerzos no han servido para, en la práctica, frenar los abusos de Ortega.










