Hubo un momento que se pudieron albergar dudas sobre los manejos del actual gobierno del estado en torno a la corrupción política y económica, siendo consistentes con lo establecido por los largos años de propaganda de gobiernos anteriores que cimentaron la corrupción como un dogma explicable.
Había un juego establecido también. Y un evangelio sagrado sobre la verdad única e indiscutible que tenía dueño y un partido que la apoyaba y la fortalecía. Todos tenían que creer en esa verdad que venía de la unidad de los vencedores. Los inmaculados, dueños también de la utopía de la honradez y la palabra bonita.
Pero el juego ha sido largo y sus partidas han tendido a complicarse por la actitud de algunos jugadores ambiciosos y truqueros que han metido la mano demasiado profunda en el erario.
Pero ahora, la partida parece que va llegando a su fin, y al voltear las cartas sobre el tapete de la amplia mesa ha empezado a verse el juego que tenía en sus manos cada jugador. Se recuerdan también todas sus demostraciones de poder, la ostentación y todas las negaciones.
Incluyendo a los que venían jugando con cartas marcadas y los que todavía tienen Aces bajo las mangas y en otros lugares ocultos. Parecen un seguro de salida al momento que el croupier haga el último corte de cartas y reparta la mano, procurando muchos que no les toque “la mano del muerto”.
Han pretendido hacer un repóquer implicando y apresando gente que ha estado en la partida, pero con cartas muy lejos de la posibilidad de alcanzar el 21, mientras muchos de los que sí las tienen han sido segregados para no ser imputados como seguros ganadores del trofeo en las prisiones.
Todo ha ido siendo descubierto al ver quiénes eran y cómo fueron barajadas las cartas. Y que el mazo no tenía las 52 cartas que debería tener porque algunas cartas fueron apartadas para ser jugadas por el mismo que barajó, cortó y repartió el juego.
Pero ya se saben, el juego de cada participante y las acciones del croupier antes y después de repartir las cartas.
Los Reyes, las Reinas y los Aces están a la vista y se sabe quiénes los tenían, y por qué y para qué. Igual las cartas menores con todo el poder de hacer las escaleras de colores que pueden superar a las cartas pesadas combinando el juego, las estrategias y los conocimientos para ganar la partida.
Porque “al saber le llaman suerte”. Y en este juego también, donde todo ha sido dejado a su suerte.
Las apuestas no fueron parejas y tampoco limpias. Hubo jugadores con un enorme resto que habían venido arriesgando ante otros con apenas el límite de ingreso. Y así se fue aumentando el volumen de las apuestas hasta dejar fuera a los pequeños que no disponían de resto ni para “pagar por ver”, quedando fuera de rango.
Como James Bond y Le Chiffre en Casino Royale que, mientras uno “lloraba sangre” de una vieja herida no cicatrizada, el otro salía envenenado para “salvarse en tablitas”. Así es la lucha de titanes que viene definiendo a los solo señalados y a los acusados para ser encarcelados.
¡Como siempre entre los más chiquitos!
Porque los pejes chiquitos del juego han sido puestos fuera de combate, aunque los estén acomodando “para su seguridad”. En tanto, los tiburones de la mesa que todavía no se han podrido lo suficiente, creen que van a poder seguir sosteniendo el ritmo del juego y manteniendo ocultas las cartas que les pueden permitir ganar la partida al final.
Porque todavía están creyendo que pueden volver a ganar. Aunque no hay proyectos que permitan ordeñar el flujo de caja para pagar otro mar de yipetas de todos los colores.
Quieren ganar, terminar la partida y salir a disfrutar sus ganancias luego de cambiar las fichas sin que se sepa de dónde ha salido su abultado resto. El resto con el que avasallaron a todos en la mesa. Y ya se sabe que algunos llegaron con “la mano pelá” y pretenden salir “buchuse” cuando se desbande el juego o cierren el casino.
Son los jugadores que no realizaron sus apuestas en base al contenido de su mano de cartas, sino de acuerdo a las que han venido manteniendo ocultas, permitiéndose blufear a los demás que se han ido retirando perdiendo su dinero en el lote y con el mismo la vergüenza de perder sin ver la mano del pretendido “ganador”.
Aun habiendo separado algunos jugadores, la banca pierde y se ríe. Sabe que los apostadores de resto bajo no van a hablar de las condiciones internas del juego ni de las trampas. La casa les otorga privilegios de estilo gansteril por su silencio, al menos por el momento, porque todos saben cuáles son las consecuencias de romper la Omerta.
Los “resortean”, no por su seguridad, sino por su silencio, mientras quieren que piensen y sientan que “esos meses pasan pronto”.
Y se ríe la banca porque cree que ha logrado sus propósitos y se prepara para seguir con otras partidas, aunque haya tenido que cambiar algunos jugadores. Habiendo otros jugadores que, viendo cómo han tratado a los que han salido de esta partida, se han venido preparando para “cualquier eventualidad”. ¡Porque nunca se sabe!
Porque no se sabe “que otras cosas puedan llegar de afuera”. Y que hay un juego que todavía no se ve claro con tanta gente confesando de todo y contra todos.
Saben que algunas apuestas llegaron hasta afuera y que los perdedores del exterior han venido reclamando y amenazando con romper la bajara si no juegan todos. Y si las consecuencias de las jugadas anteriores no afectan a todos, se puede también romper la baraja o la mesa. Y con decir a todos, quieren señalar que aquellos que han sido separados no han sido los únicos responsables de corromper el juego adentro y afuera.
Que sigan llamando, que hay más implicados, es lo que piden.
Y los espectadores de la partida, también han levantado sus voces hasta ponerse verdes para reclamar que se los incluya a todos. Porque la partida jugada con las cartas marcadas la jugaron entre todos y nadie se debe quedar fuera. Porque todos cogieron de lo que se daba, ¡y algunos cogieron mucho!
Incluyendo a los que marcaron las cartas y repartieron cada una de las manos, sabiendo los resultados y los beneficios que iban a extraer cuando estructuraron las operaciones para que el juego se hiciera parecer oficial y a su manera.
Que llamen también al “gurupié” y a los dueños del casino, que ellos también saben.
¡Y, de lo que se repartía, seguro también cogieron!











