Osiris de León

  

En la semana que recién termina la prensa internacional ha publicado que en la región canadiense de Quebec han muerto unas 54 personas fruto de una extraordinaria ola de calor donde los termómetros han registrado 37 grados Celsius, pero debido al índice de humedad la sensación térmica ha sido del orden de los 40 a 45 grados Celsius, sofocando a personas con edades comprendidas entre 53 y 80 años. Algunos de estas personas están enfermas, por lo que las autoridades canadienses habilitaron 19 edificios provistos de acondicionadores de aire para refugio de la gente que necesite refrescarse. Mientras, en el noreste de los Estados Unidos 90 millones de personas han sufrido los severos efectos del calor del inicio del verano, donde una mujer sufrió un infarto mientras arreglaba su jardín, y un joven atleta, de 30 años de edad, murió mientras participaba de una carrera porque su temperatura corporal interior alcanzó 42 grados Celsius y el golpe de calor dañó su cerebro.

Al mismo tiempo, el pasado viernes aterrizó sobre el estado de California una ola de calor que en Riverside produjo temperaturas de 118 grados Fahrenheit (47.8 grados Celsius), igualando el récord térmico del año 1925; mientras que Santa Ana alcanzó 114 grados Fahrenheit (45.6 grados Celsius), superando el récord térmico del año 1917 que era de 112 grados Fahrenheit. En el campus de la universidad de California, en Los Ángeles, la temperatura subió a 111 grados Fahrenheit (43.9 grados Celsius), superando el récord de 109 grados Fahrenheit del año 1939, por lo que las autoridades estatales llamaron a la población regional (25 millones de personas) a prestar atención a las altas e inusuales temperaturas para evitar que niños, ancianos y enfermos sufran golpes de calor que les ocasionen la muerte.

Quienes han tenido la oportunidad de escuchar nuestras intervenciones en la emisora Zeta 101, en Wado Radio New York, en diferentes programas de televisión, y en nuestras disertaciones en diferentes universidades, podrán recordar que desde hace meses habíamos estado advirtiendo de que este año tendríamos un verano inusualmente caluroso para el cual debíamos prepararnos, fruto de que conforme a los registros térmicos llevados desde 1880 por la Organización Meteorológica Mundial (OMM), el año 2014 marcó el récord de la más alta temperatura global, a seguidas el año 2015 superó el récord del año 2014, de inmediato el año 2016 superó el récord del año 2015, y luego el año 2017 quedó equilibrado con el año anterior, confirmando que desde el año 2014 estamos viviendo el período más caluroso de los últimos dos siglos, y como demostración pudimos ver que en septiembre del año 2017 las tormentas tropicales Harvey, Irma y María subieron rápidamente a poderosos huracanes mayores y entre los tres fenómenos meteorológicos consecutivos los daños económicos alcanzaron los 306 mil millones de dólares, constituyendo una secuencia meteorológica desastrosa para nuestra región tropical.

El hecho de que el pasado 25 de mayo de 2018 se formara en la franja occidental del mar Caribe el huracán Albert, todavía en plena primavera, y que dejara muertes, inundaciones y daños en Cuba, la Florida, Atlanta y Maryland, era una clara señal de que este año la superficie del mar ha estado mucho más caliente de lo normal.

Como una confirmación de esta realidad térmica global, el pasado mes de junio, la portavoz de la Organización Meteorológica Mundial Clare Nullis dijo que “mayo del 2018 ha sido el mayo más caliente desde que se tienen registros en Europa, y aunque ese calor es sentido muy fuerte en la tierra, el océano lo siente mucho más, debido a que los océanos acumulan el 90 % del exceso de calor expulsado por los gases de efecto invernadero y absorbe la cuarta parte del dióxido de carbono que se lanza a la atmósfera. Aunque los océanos actúan como protectores para evitar que haya temperaturas más altas en la atmósfera, esto tiene un alto precio porque el calor excesivo de los océanos le da energía a las tormentas tropicales, tal y como lo vimos con los efectos devastadores de la temporada de huracanes del pasado año 2017 y como probablemente lo veremos en la temporada de huracanes de 2018”.

Durante este pasado fin de semana los dominicanos y caribeños hemos estado pendientes a la evolución del ciclón Beryl, con tamaño atípico, y comportamiento atípico, confirmando que el cambio climático es una realidad que está modificando y trastornando las condiciones ambientales a nuestro alrededor, y que, en la medida en que las temperaturas sigan subiendo, los seres humanos estaremos expuestos cada vez más a mortales olas de calor, a huracanes más frecuentes y más desastrosos, a sequías cada vez más extremas, y a mayores impactos ambientales negativos que han de modificar y perjudicar muchos estilos de vida.