Seis juegos le duró Steve Darcis a Tsonga. Lo que tardó en firmar su primer break y poner tierra de por medio con el belga, que hasta el momento aguantaba sustentado en una inusual abundancia de golpes ganadores en su juego. A partir de ahí el francés fue un vendaval de juego. Le salió todo menos el saque. Resto bien, trabajó el revés de Darcis con ahínco hasta el punto de anularlo (y no lo tiene malo precisamente) y tuvo ese punto de delicadeza (y de suerte) siempre necesario para imponerse en la red.

Nada dejó para su rival, sumido desde bien pronto en una crisis que se traducía en resoplidos constantes, gestos inusuales para un tenista siempre caballeroso e incluso alguna protesta más airada de la cuenta hacia el juez de silla. Todo empezó con el break en el sexto juego del primer set (que acabó 6-3). A partir de ahí la espiral autodestructiva del belga se consolidó y los dos sets siguientes fueron poco menos que un paseo: doble 6-1. 

Un resultado que no se esperaba al comienzo del encuentro, cuando Darcis salvaba tres bolas de break y conseguía la mayoría de sus escasos 16 winners hoy. Enfrente Tsonga, fusil en mano, la ponía donde la quería y con una fuerza que en ocasiones llegaba a doblar la muñeca de su oponente, que asistía impotente a la exhuberancia física del de Le Mans. 

Así las cosas la final quedó empatada entre el jolgorio de los franceses congregados en el Pierre Mauroy, que saben que mañana tienen muchas opciones en los dobles con una pareja, la que forman Gasquet y Herbert, a priori más sólida que la belga. Aunque Bemelmans y De Loore han demostrado que su compenetración es buena a lo largo del torneo y venderán cara su piel. Si es que la venden, porque a lo mejor lo que deciden es comprar un billete a la primera Davis de la historia de Bélgica.  

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