SANTO DOMINGO. Mónica Roa es una abogada colombiana con especialidad en derechos humanos, y en derecho constitucional y comparado. De los fallos favorables en el ejercicio de su carrera habla de un particular. Lo emitió el Tribunal Constitucional de su país, en 2006 y con él se despenalizó la interrupción del embarazo en las mismas tres causales que, desde el Gobierno dominicano y grupos feministas han intentado que se despenalice en el país, pero que la mayoría de los congresistas se oponen: cuando la vida de la madre está en riesgo, cuando el feto tiene malformaciones incompatibles con la vida y cuando el embarazo es producto de una violación.

Roa fue la abogada que llevó el caso ante el Constitucional y, pese a la trascendencia de la sentencia luego de más de 30 años de debates legislativos sin resultados en su país, ésta no constituyó su mayor orgullo. “El momento de más orgullo para mí fue cuando la sentencia se usó por primera vez. Una niña de 11 años estaba siendo violada por su padrastro y la abuela escuchó que ya se permitía abortar en casos de violación, la llevó a un hospital y por primera vez se hizo un aborto legal”, recuerda.

Roa, que ve la despenalización del aborto cono un tema de derechos humanos y de equidad social, pues los datos indican que el costo de la penalización sólo lo pagan las mujeres y niñas pobres, se cuestiona el porqué hay gente que se rasga las vestiduras defendiendo el derecho a la vida desde la concepción, pero no les importa que maten a mujeres embarazadas o que mueran por falta de la atención adecuada.

—Usted no teme hablar de sexo, ¿qué tanto hay que decir de esa palabra desde el punto de vista legal?

Muchísimo. Sí el propósito del derecho es regular las relaciones sociales, obviamente la sexualidad humana juega un rol central y el derecho tiene que regular las interacciones sexuales. El mundo de los derechos sexuales y reproductivos es un mundo particularmente relevante para las mujeres, pero en particular para todas las relaciones humanas.

—Sexo y aborto son dos temas que escandalizan mucho, ¿por qué los eligió entre sus favoritos?

Precisamente porque hay tanta necesidad de hablarlos y tan poca gente dispuesta a hacerlo. Creo que el bienestar y la vida, especialmente de las mujeres y las niñas con más vulnerabilidad, que han tenido menos posibilidades y acceso a información y discusión sobre esos temas, depende en gran parte de que se respeten sus derechos sexuales y reproductivos, de que conozcan cómo ejercer la sexualidad de una manera seria y responsable, de que sepan que pueden decir que no y a que otros respeten esa decisión.

Creo que el no hablar del tema, siendo un tema que está presente en nuestras vidas, en nuestra comunidad… creo que, si no se habla de eso con responsabilidad, no le estamos dando las herramientas a los niños, a los adolescentes, a los hombres y mujeres sobre cómo manejar ese aspecto de la vida.

—¿Qué tan difícil fue que se aprobaran las tres causales del aborto en Colombia?

Fue difícil, pero creo que en el momento en que, como sociedad, entendimos que teníamos que dar un debate, pues el no darlo no estaba evitando aborto, sino que estaba obligando a las mujeres y las niñas a acudir a abortos clandestinos, poniendo en riesgo sus vidas y su salud, nos dimos cuenta que era un debate que teníamos que resolver como sociedad. En Colombia, la Constitución del 1991 incorporó los estándares internacionales de derechos humanos. Nos ayudó el hecho de que todos los organismos de derechos humanos exigen que, como mínimo, se le garantice a las mujeres y a las niñas poder tener un aborto seguro cuando está en riesgo su salud o cuando se trata de una violación o cuando hay casos de fetos inviables.

—¿Cuáles argumentos primaron para que los jueces acogieran las causales?

Fueron cuatro. El primero, entender que no les estábamos pidiendo a la iglesia que cambiara su posición frente al aborto, que tenemos que separar el debate que puede darse en el interior de las iglesias del debate político y de constitucionalidad, y los jueces entendieron su labor.

El segundo fue entender que fue un debate de salud pública. Son mujeres y niñas que están muriendo y pagando con su salud el costo de la penalización.

El tercero es hacerse la pregunta de cuáles son las mujeres y niñas que se están muriendo, porque obviamente las que hacen parte de las élites privilegiadas no son las que se mueren. Entonces, es entender que es un tema de justicia social en donde las afectadas son las familias más vulnerables, las mujeres y las niñas que no cuentan con recursos, esas son las que realmente terminan pagando el costo de la penalización.

Lo último es que es un tema de derechos humanos. Para que Colombia o cualquier país pueda cumplir con los estándares de derechos humanos, tiene que garantizar que las mujeres tengan esta opción. E insisto, es opción, porque me llama la atención la cantidad de veces que hay que aclarar que despenalizar el aborto en estas tres causales no se trata de imponer una obligación, puesto que las mujeres que no quieran interrumpir un embarazo siempre tendrán la libertad de no hacerlo.

—¿Qué imaginó que pasaría cuando empezó el caso?

Yo sabía que era teóricamente fácil, pero sabía que políticamente iba a ser muy complicado. Y tal vez no me imaginaba que lo más complicado iba ser después de ganar. Una cosa es ganar el cambio de la ley y otra que la ley se aplique y se cumpla. Y es muy duro, como abogado, y tal vez por eso me he alejado un poco del derecho, porque llegué a entender cuáles son los límites del derecho. Es una herramienta importante para generar cambio social, pero siempre es insuficiente. Cambiar una ley en el papel no significa cambiar la realidad, ni cambiar la cultura ni a las personas, por tanto, la cantidad de trabajo que hay que hacer después es gigantesca ,y es importante saber que hay que involucrar a diferentes disciplinas y diferentes personas.

—¿Cómo rebatir una disposición constitucional que establece el derecho a la vida desde la concepción?

Hay un montón de argumentos para responderlo. Lo primero es entender que la obligación constitucional de proteger la vida desde la concepción no es sinónimo de penalizar el aborto. Hay un montón de medidas legislativas que se pueden tomar para proteger la vida desde la concepción. En Chile, que tiene un mandato constitucional muy similar al dominicano, el tribunal constitucional hizo una lista de todas las medidas que existen para, por ejemplo, garantizar la atención en salud a las mujeres que salen embarazadas, protegerlas de la violencia que sufren durante el embarazo, etc. Una aclaración que se hizo muy importante en la Corte Interamericana de Derechos Humanos fue que el objeto de protección del derecho a la vida desde la concepción no es el feto, sino la mujer embarazada, porque es imposible proteger al feto si no es a través de la protección de la mujer embarazada.

El otro tema importante a tener en cuenta es que el mandato es proteger toda la Constitución, y la Constitución tiene muchos más derechos que el derecho a la vida desde la concepción, como el derecho a la vida, a la dignidad, a la salud, a la vida de todas las personas, incluyendo a las mujeres.

—¿Qué falta para que la interrupción del embarazo y el sexo se asuman como temas de derecho?

Mucha educación y tal vez un poco de memoria histórica. No es la primera vez que un tema que se considera pecado por alguna religión, se regula por parte del Estado. El divorcio es un ejemplo, pues no está permitido en la religión, pero lo regula el Estado. Los anticonceptivos no están permitidos por la religión, pero sí están permitidos por el Estado y seguramente vamos a encontrar muchos más. Pero hay que tener, primero muchísimo respeto por las personas que son religiosas y reafirmarles que no estamos tratando de eliminar sus creencias y que siempre van a ser respetadas, pero que la obligación del Estado, y una obligación internacional de derechos humanos exige, garantizarle la posibilidad a las mujeres y las niñas de tener un aborto legal, digno y seguro.

—Cuando se habla de derechos sexuales y reproductivos se piensa en mujeres. ¿Qué tanto le corresponde al hombre?

Creo que es fundamental involucrar a los hombres en la educación sexual, en el acceso a los anticonceptivos y que asuman la responsabilidad que le corresponde en el ejercicio de su propia sexualidad de una forma responsable y en el respeto a la sexualidad de las mujeres. Ahora, cuando se trata del aborto, es indudable que las que tienen que tomar la decisión, jurídicamente hablando, son las mujeres, pues es el cuerpo de las mujeres el que está en juego. Si la vida de una mujer está en juego, no podemos poner una condición jurídica de que el hombre tiene que estar de acuerdo.

—¿Qué tanto se ha avanzado en esas temáticas en América Latina?

Se ha avanzado mucho. Cuando empecé a trabajar este tema en Colombia, hace como 12 años, ya existían argumentos que fueron los que usé en su momento ante el Tribunal Constitucional, pero desde entonces el desarrollo académico, de estándares internacionales de derechos humanos ha sido inmenso. Cada vez son más las recomendaciones, los documentos, las cosas que se resuelven en favor. Se es más explícito en cuanto a cuáles son los derechos que los Estados tienen que proteger, en cuanto a las necesidades de las mujeres y las niñas en Latinoamérica. Cada vez se entiende más que este es un tema que afecta a las familias pobres, que en ninguna parte de Latinoamérica vemos a mujeres con poder o dinero que tengan que pagar las consecuencias de la penalización. La penalización del aborto no existe para las mujeres ricas, en ninguna parte de Latinoamérica.

—¿Qué la motivó a incursionar en el tema de los derechos de las mujeres?

Seguro la razón original tuvo que ver con que en mi casa crecí sin una figura paterna. Éramos mi hermana y mi mamá, de forma que nunca me educaron teniendo que obedecer ni servir a ningún hombre. Pero del otro lado, también vi la injusticia que era que mi mamá tuviera que criarnos sola, sin que mi papá asumiera su responsabilidad, sin que participara ni personalmente ni a través de la cuota alimentaria. Pude ver un poco ese contraste de crecer viendo que la realidad es diferente cuando las mujeres tienen un montón de injusticias en la manera en que se regula y se dan las dinámicas sociales en las que se viven.

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