Por: Rafael Acevedo

Frank Moya lo escribió, y porque me pareció inverosímil le pedí me lo contara de viva voz: Que los conquistadores impusieron que cada nativo diariamente entregara el equivalente a un dedal en oro. Y el cacique, que no podía concebir para qué querían tanto oro, les propuso algo más sensato: “¡Sembrarles de yuca toda la isla!” Recordé este hecho anecdótico tan singular cuando días atrás pagué RD$170.00, por un paquete de 12 onzas de casabe corriente (RD$14 la onza. Una libra del especial puede costar RD$500.00. La de yuca cuesta $12). Si la yuca y sus derivados son costosos, por qué no producimos más de este “tubérculo gourmet”. En Suramérica hay mucha variedad de platos a base de yuca; unos panes deliciosos de harina de yuca, muy recomendada por “dietólogos” porque carece de gluten. Muchos cibaeños añoramos las empanadas de catibía, casi extinguidas.
Independientemente del valor gastronómico de la yuca, lo más interesante es que esos precios demandan una producción mayor. Los colonizadores apreciaron enseguida el casabe por su increíble durabilidad, posiblemente superior a la de cualquier pan de trigo almacenado por largo tiempo, manteniendo el casabe sus excelentes atributos. Precisamente porque ellos vinieron en busca de especies de las indias, de gran valor estratégico, para las conservas imprescindibles para alimentar los ejércitos durante las guerras, y para toda la población durante los inviernos. Si el casabe no se adueñó del mercado europeo desde entonces fue porque nuestros nativos murieron todos, y los africanos no sabían elaborar la yuca. Lo que heredamos en Quisqueya, desafortunadamente, fue el cogerlo fácil, depender del trabajo de los esclavos. La producción de casabe, específicamente, tiene poco riesgo y poca exigencia en cuanto a su conservación. Injustificadamente, casi hemos tenido que adivinar sus valiosas propiedades, porque el “marketing” de este producto ha sido demasiado tímido, particularmente de parte del Estado Dominicano, manteniéndose el casabe como secreto celosamente escondido del resto del mundo. Para bien y para mal, cuando los chinos lo descubran su precio será prohibitivo para nosotros. Lo de los roquetes del Santo Cerro, y lo de las empanadas son historias tristes. Estos, sin evolucionar, en absoluto. Aquellas, para comerlas hay que “zanquearlas”: Una haitiana, cerca de la Luperón; y un señor, en la Feria Ganadera, a quien le hacen colas (muy buenas).
A amigos, de la asociación de productores de yuca, les he insistido que desarrollen empresas y boliches de derivados de yuca en centros comerciales de caché (un verdadero re-positioning). La mayor dificultad, como siempre: guayar la yuca. Pero no es difícil diseñar máquinas eficientes que lo hagan, y gente joven que quiera iniciarse en negocios diferentes e interesantes. Apostaría que la contrapropuesta del cacique a los españoles, tendría ahora plena vigencia y actualidad mercadológica. Porque si algo hace falta a muchos compatriotas es depender menos del erario, ser más esforzados y creativos, importar menos harina de cereales y menos productos-basura; invertir talento y vergüenza en diversificar, de una vez por todas, nuestra industria: O sea… ¡Bajar el lomo y guayar la yuca!