JUAN T H

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Fidel
Fidel Castro

No estaba escrito cuando naciste que lo hacías para siempre,

que no morirías nunca.

¡Ni muerto!

Nadie lo predijo

Nadie podía.

Solo Martí cuando cayó en Dos Ríos.

Ni siquiera Máximo Gómez o Maceo lo sabían.

Ningún mártir de la revolución lo adivinó.

Abel Santamaría lo sospechó antes de morir,

Aidé sabía de su estatura, de su grandeza.

Pero nadie, probablemente ni siquiera tú, lo sabías.

No eras  el Changó del sincretismo.

No eras el  Dios de los cristianos.

No eras el mesías  esperado desde la colonia.

Pero tomaste caminos inesperados,

Imposibles para alguien de tu abolengo.

Rompiste la cerca de lo inimaginable,

Asaltaste el Moncada con el fusil de la historia,

Surcaste los mares en el Granma de tus sueños,

Escalaste descalzo montañas rocosas,

Te subiste  a lo más alto de la Sierra desafiando la muerte.

Y bajaste victorioso con  un “escudo moral” en el pecho

para liberar a tu pueblo de la ignorancia y la ignominia,

de la barbarie y el terror de un monstruo protegido por otros monstruos.

Entonces, nadie estuvo en tu piel revolucionaria,

Nadie calzó tus zapatos de pueblo,

Nadie alzó su voz más alta que tú denunciando la opresión y el crimen.

Nadie supo cuando amaste a tu gente,

Ni cuanto odiaste al enemigo que la humillaba.

Solo tú, Comandante.

Tú que venciste el imperio del miedo y de  la muerte,

de los golpes de Estado y las invasiones,

del bloqueo económico y las bombas nucleares.

El imperio de la colonización y la esclavitud de los pueblos.

(David con la razón y la verdad enfrentando al Goliat del fuego y el acero.

Al monstruo de Wall Street, al Tío Sam con sus barbas y sus misiles).

Ellos no pudieron matarte moralmente.

No pudieron asesinarte físicamente.

Lo intentaron muchas veces. Pero en vano.

No era posible eliminar al líder sin eliminar al pueblo

que defendió su revolución con dignidad y decoro,

a pesar del  hambre y la miseria que como una frontera

insalvable impuso el invasor.

Por eso no fue posible colocarte en la hoguera del odio.

Los inquisidores del Norte y sus lacayos fracasaron una y otra vez

en sus intentos por  derrocarte con balas y con botas, con mentiras y blasfemias.

¡No pudieron!

Solo el tiempo, inexorable, inequívoco, insalvable, brutal y despiadado, se ha llevado al hombre que escribió su propia historia y la de su pueblo.

Ese mismo tiempo, inexorable, inequívoco, insalvable, brutal y despiadado,

lo mantendrá vivo en la memoria de su pueblo,

por los siglos de los siglos,

hasta que se hunda la isla,

o el reloj deje de marcar la hora de la existencia humana.

Por le gritamos, a todo pulmón: ¡Hasta siempre, Comandante!